El autocine, en sus 80 años

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John Travolta confiaba en la magia del autocine cuando, encarnando a Danny Zuko, intentó reconciliarse con Sandy (Olivia Newton John) en el musical de culto “Grease”. Y es que, ¿en qué otro lugar dos adolescentes podrían besarse y acariciarse sin ser molestados mientras comen palomitas? Pero Sandy se marchó, y Danny se quedó triste y solo. “Acabé como un tonto en el autocine, ¿qué dirán el lunes en clase?”, cantaba.

Al final de la década de los 70, los autocines estaban tan ligados al mundo de los jóvenes como los tupés y las gramolas. Entre Nueva York y Los Ángeles había más de 3.000 de estos cines al aire libre, de los que hoy apenas quedan unos 350.

Fue justo hace 80 años cuando en la pequeña ciudad de Camden (Nueva Jersey) se proyectó por primera vez una película que podía verse desde el coche. Pero pese a su fiel comunidad de fans, los autocines hace tiempo que dejaron atrás su edad dorada.

En los años 30, el empresario y cinéfilo Richard M. Hollingshead tenía en Camden una poco rentable tienda de pintura, laca y otros productos para el coche junto al río Delaware, frente a Filadelfia.

Una tarde, de forma espontánea, tensó una sábana entre los árboles que había junto a su casa y proyectó sobre ella una película con ayuda de un aparato que colocó sobre el techo de su coche. Tras experimentar durante un tiempo con la calidad de imagen y sonido, decidió patentar su invento.

Más tarde, exactamente el 6 de junio de 1933, inauguró el primer autocine del mundo. Tenía unas 400 plazas y estaba situado sobre una vía rápida en el barrio de Pennsauken. “Toda la familia es bienvenida, no importa que los niños griten”, rezaba el eslogan publicitario de aquel entonces. Sin embargo, al contrario que el modelo de cine, la primera película que se proyectó -la romántica “Wife Beware”- pasó sin pena ni gloria.

Hollingshead no tuvo suerte con su autocine y se vio obligado a cerrarlo al poco tiempo: los vecinos se quejaban de que generaba demasiado ruido, pues en aquel momento el sonido se emitía todavía mediante altavoces. Pero había nacido la idea de ver una película en pantalla grande y desde el coche, y muy pronto fue copiada por todo Estados Unidos. El altavoz central dio paso a otros más pequeños que podían acoplarse a las ventanas del vehículo. Ahora, el sonido se sintoniza a través de la radio.

“Aquí en Candem todavía nos gusta acordarnos de ese autocine”, cuenta Vincent Basara, del ayuntamiento de la ciudad. “Es un bonito capítulo de nuestra historia. En el lugar donde existió hay ahora una placa conmemorativa”. Quienes alquilaron el espacio años después tuvieron tan mala suerte como Hollingshead: “Durante años hubo un mercado de materiales de construcción y se vendían también árboles de Navidad. Pero quebró. Ahora estamos remodelando el espacio para crear un mercado de productos agrícolas de la región”, señala.

En teoría, el autocine sigue siendo una fantástica idea, pues crea un lugar romántico para parejas, familias y cinéfilos, pero en la práctica, tiene notables inconvenientes: durante el día, en invierno y cuando hace muy mal tiempo es casi imposible proyectar películas. Además, para poner en marcha un autocine se necesita una superficie enorme y, como en la mayoría de casos los usuarios llevan sus propias palomitas o refrescos, la empresa no gana demasiado.

Fuente: Agencia DPA

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